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PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO, PLAYAS, CAMPO Y TRADICIONES ÚNICAS, ADEMÁS DE UNA GASTRONOMÍA DE PRIMER NIVEL HACEN DE ESTE PAÍS -UNO DE LOS MÁS PEQUEÑOS DE SUDAMÉRICA- EL LUGAR IDEAL PARA UNA ESCAPADA DE FIN DE SEMANA O MÁS… AQUÍ COLONIA DEL SACRAMENTO, PUNTA DEL ESTE Y MONTEVIDEO MUESTRAN SUS VIRTUDES.
 

«¿Por qué el agua del río de La Plata es café?», pregunta una turista con la vista pegada en la rambla apenas abandonamos el aeropuerto de Carrasco. «No es porque esté sucia», responde Martín, el guía turístico y chofer, «es por la cantidad de sedimentos que arrastra desde los ríos Paraná y Uruguay y que acaban desembocando acá».

Antes del aterrizaje en Montevideo, nuestro vuelo de SkyAirline —que viaja diariamente hasta la capital uruguaya— nos ofreció la mejor vista panorámica del río más grueso del mundo y sus aguas «color león», como les llamaron alguna vez los conquistadores españoles. Media hora después de despojarnos del equipaje en el Hotel Oliva en Punta Carretas, uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, partimos hacia el centro gastronómico más grande del país: el Mercado del Puerto. Una estructura metálica, similar a la del Mercado Central de Santiago, pero que es una especie de santuario de la carne donde embutidos y costillares se doran al ritmo de llamas que, en lugar de ser encendidas con carbón, nacen de la leña de monte indígena, el lugar nos recibe con un tradicional asado vacuno uruguayo en el restorán Cabaña Verónica. Saliendo del mercado tomamos un bus turístico —que pasa cada 60 minutos— para recorrer los rincones de Ciudad Vieja (fundada en 1742), el casco antiguo de Montevideo y su núcleo histórico hoy convertido en un barrio empresarial de oficinas estatales, bancos, museos, galerías de arte y centros culturales.

Conocer la catedral Metropolitana —catalogada monumento histórico desde 1975—, el Cabildo de Montevideo, el Teatro Solís, la Iglesia Matriz y otras construcciones de gran valor arquitectónico nos remontan al siglo XIX, cuando la ciudad permanecía rodeada por una muralla protectora de la que hoy queda La Puerta de la Ciudadela como vestigio.

La rambla merece un apéndice aparte. 22 kilómetros de costanera donde los montevideanos trotan, andan en bicicleta y pasean. Esta ribera le da un carácter especial a esta zona de la capital, que está llena de bares, hoteles y restoranes. Entre los nuevos proyectos está el hotel Hyatt Centric, que con un concepto moderno abrió sus puertas hace seis meses y ya es un hit. Su lema es entregar una experiencia 100% local y hacer que el huesped viva ‘lo uruguayo’.

Al día siguiente decidimos partir a Colonia del Sacramento. Una ciudad de doce hectáreas —a 177 kilómetros de Montevideo— declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995, representa la mezcla perfecta entre los estilos portugués, español y post-colonial entre calles angostas de piedra y una tradición militar que se percibe todavía en el aire.

«Uruguay es una tierra de la nostalgia», dice Dolly Perdomo, la guía turística que nos acompaña, y tiene razón: la pequeña ciudad de la ribera norte del río de La Plata, está tapizada de historia. A pesar del calor, que por estos días supera los 30°, una vez que se atraviesa el antiguo portal de la ciudad —con el pie derecho primero para esquivar malos augurios—, resulta imposible resistirse a recorrer las callejuelas. Las ruinas de la casa del gobernador y del Convento San Francisco, el faro construido en 1857 y la Calle de Los Suspiros —que durante la época de la Colonia experimentó los tormentos de la esclavitud—, atrapan nuestra atención por sus paredes adornadas con colores añejos y la mística indescriptible de sus adoquines del 1700.

Entre su infinidad de casonas se esconden restoranes, galerías de arte y tiendas de artesanía en los que se puede pasar la tarde, al menos hasta que el reloj alcance las 20:00 y el sol comience a esconderse entre las aguas de colores rojizos.

Un día después salimos hacia el departamento de Maldonado, a 131 kilómetros de la capital. Tras una hora de viaje llegamos a Punta del Este, la majestuosa y estrecha franja de tierra que separa el río de La Plata del océano Atlántico que se ha convertido en uno de los balnearios más exclusivos de Latinoamérica.

Como apenas son las 10 de la mañana, recorreremos la ciudad hasta el almuerzo. Avanzamos por el lado este de la franja, la parte ‘brava’ de la costanera y los balnearios, catalogada así por los mismos locatarios debido al oleaje impetuoso que se genera por la corriente oceánica.

Hacemos una parada para conocer el faro de Punta del Este, una construcción de 45 metros de altura levantada en 1860 que mira hacia el océano para orientar a los navegantes y disfrutamos a pie la pequeña porción de rambla que bordea la costa entre peldaños de madera y que permite admirar la imagen cilíndrica del faro en contraste con el matiz verdeazulado del Atlántico sur.

Muy cerca de allí se alzan mansiones y hoteles que sirven de albergue para figuras como Ringo Star, Urna Thurman, Bruce Willis y una larga lista de artistas, músicos, actores, políticos y deportistas que se han dejado encandilar con la belleza de esta joya de Uruguay.

Nuestra deuda gourmet con los frutos del mar se salda en el Yatch Club Punta del Este, el club náutico de mayor nivel del país. Una vista impecable hacia el mar y la infinidad de barcazas ancladas al muelle nos sirven de compañía a nuestro festín de calamares fritos y brótola, uno de los manjares típicos de las costas atlánticas.

Al caer la tarde visitarnos la parada 1 de playa Brava, uno de los balnearios más populares de Punta y el mismo donde se alza la icónica escultura de la mano emergiendo a la vida diseñada por el chileno Mario Irarrázabal en 1981.

Para cerrar esta visita volvernos a Ciudad Vieja con un recorrido por el Palacio Salvo. La que fuera alguna vez la segunda torre más alta de Sudamérica y un monumento nacional desde 1996 nos recibe con su combinación de estilos renacentistas, góticos y toques neoclásicos. Su silueta majestuosa, construida frente a la plaza Independencia, nos invita a conocer los años de prosperidad de las primeras décadas del siglo XX y a admirar la hermosa postal de Montevideo que se observa desde el piso 24 y su bahía hoy teñida de azul profundo.

Un punto turístico imperdible con diez plantas de altura y14 pisos de torre que se alzan como el mejor ejemplo de la adaptación hacia un presente que ha convertido sus 370 habitaciones —destinadas a un hotel en el proyecto original— en un verdadero barrio vertical con locales comerciales, viviendas y oficinas que huelen a historia.

Antes de que se cumpla el plazo de que Sky Airline emprenda el vuelo de regreso a nuestros países de origen, impregnados con la esencia uruguaya, y tal vez poseídos por el mismo espíritu que dominó a Gerardo Matos Rodríguez al componer La Cumparsita, conducimos hacia los maestros de Joven Tango para aprender del baile tradicional.

«Respira profundo», me guía el instructor de tango al iniciar el vaivén con un ligero paso hacia el frente y otro al costado. La despedida tenía que ser al ritmo del tango, con notas de bandoneón que nos impregnan de la esencia de un país de sol, aguas azules, tradiciones y sobre todo melancolía.

Fuente: Revista Caras